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La cocina de Mariama: la vida y las lecciones de una mujer organizadora en Ghana

En los mercados de Ghana, la vida se mide menos por el tictac del reloj que por la repetición de gestos: ordenar la mercancía al amanecer, negociar precios, empacar al atardecer. Mariama Maisha, 55 añosEl ritmo de estos gestos ha definido su vida adulta. Como muchos comerciantes, sus días son largos, sus márgenes de beneficio son escasos y su supervivencia depende de un ajuste constante. Sobrevivir en tales condiciones requiere no solo resiliencia, sino también imaginación: la capacidad de pensar en el mañana incluso mientras se lucha por sobrevivir.

Mariama dejó la escuela prematuramente y se dedicó al comercio como su principal medio de vida. Se casó joven, crio a tres hijos y, tras la muerte de su esposo, asumió sola las responsabilidades del hogar. Las pausas en su trabajo, como quedarse en casa con sus bebés, a menudo significaban perder sus existencias y sus escasos ahorros. Cada regreso al mercado se sentía como empezar de cero. “Cuando regresé, mis bienes estaban estropeados” Ella explicó. “Tuve que empezar de nuevo.”

Pero la inestabilidad no solo provenía de la pobreza o las obligaciones familiares. Los mercados de Ghana están gobernados por figuras conocidas como Reinas Madres, mujeres líderes locales que ejercen autoridad sobre los espacios comerciales. Recaudan impuestos y hacen cumplir las normas, a menudo heredadas a través de las líneas tradicionales de jefatura. En principio, su función es proteger el mercado y a sus comerciantes. En la práctica, dice Mariama, la rendición de cuentas es deficiente: «Nos prometen baños, guarderías, mejores puestos, pero el dinero desaparece. Cuando preguntas, amenazan con despedirte del mercado». El resultado es un sistema donde las mujeres, que ya viven con ingresos precarios, se ven aún más agobiadas por exigencias opacas.

Al principio, Mariama soportó esta realidad en silencio, creyendo que nada podría cambiar. Pero poco a poco, las conversaciones con otros comerciantes revelaron una frustración compartida. Lo que antes parecía una desgracia personal era en realidad una explotación sistémica. Las mujeres comenzaron a reunirse, a intercambiar experiencias y a explorar posibilidades de acción colectiva. Para La primera vez, Mariama comprendió que sobrevivir no tenía por qué significar aislamiento.

No fue una tarea fácil. Organizarse requirió confianza, tiempo y valentía. Mariama y sus colegas denunciaron las irregularidades ante la asamblea municipal y comenzaron a considerar su primera manifestación. Para ella, estas reuniones fueron un punto de inflexión: la comprensión de que la fuerza se multiplica cuando se comparten experiencias y que la dignidad se construye no solo en las luchas privadas, sino en las voces públicas que se alzan juntas.

Sin embargo, sus horas favoritas de la semana no son en el mercado, sino en casa los domingos, cuando puede cocinar para su familia. Preparar fufu con una sopa ligera se trata menos de tradición que de presencia: "Cuando cocino y comemos juntos, siento paz", dice. En esos momentos, la comida se convierte en una forma de recuperar tiempo de las duras exigencias del mercado, una afirmación de que la vida es más que supervivencia.

A Mariama le encantaba bailar panlogo, la danza tradicional ghanesa de ritmo y cintura. Pero desde la muerte de su esposo, dejó de hacerlo. "Tenía que cuidar de mis hijos", explica. "Ya no me alegraba". La responsabilidad ha reemplazado la actuación; sus movimientos ya no son para entretener, sino para resistir. Sin embargo, en su insistencia por organizarse, Se observa una coreografía diferente: los gestos colectivos de mujeres comerciantes que aprenden a defenderse juntas.

Los problemas persisten. Los líderes siguen recaudando dinero sin transparencia. Las promesas de infraestructura se desvanecen, mientras que los terrenos se venden a promotores privados. «Nos quitan», dice Mariama, «pero no nos ayudan». Aun así, ella y sus colegas se niegan a permanecer impasibles. Preparan informes, se reúnen discretamente, elaboran estrategias. Cada acto puede parecer pequeño, pero juntos esbozan una forma de resistencia que es a la vez práctica y esperanzadora.

De cara al futuro, Mariama imagina un rol diferente. En cinco años, espera postularse para la Asamblea, representando a su comunidad con los conocimientos adquiridos en el mercado. Sueña con tener su propia tienda con una pequeña oficina, un lugar no solo para vender productos, sino también para organizar documentos e ideas. Son visiones modestas, pero apuntan a algo más grande: el deseo de una vida que no se defina solo por la supervivencia, sino por la autonomía.

Al hablar con comerciantes más jóvenes, el consejo de Mariama es directo: afíliese al sindicato, exija responsabilidades, no acepte silencio a cambio de dinero. Sus palabras tienen la autoridad de la experiencia. Sabe que la resiliencia por sí sola no basta; debe ir acompañada de solidaridad. Para ella, cocinar para su familia y organizarse con sus compañeros son actos paralelos: ambos son formas de asegurar que lo que existe hoy pueda sostener el mañana.

La historia de Mariama no es solo una historia de adversidades. Trata también de la lenta construcción de la dignidad en un mundo que a menudo la niega. Ha aprendido que sobrevivir no se trata solo de resistir, sino de construir las condiciones junto con otros. En este sentido, su vida es un recordatorio: la resistencia no comienza con grandes discursos ni levantamientos repentinos. Empieza en actos cotidianos —comerciar, cocinar, reunirse, decidir juntos— que, con el tiempo, generan la posibilidad de justicia.

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